viernes, 11 de diciembre de 2020

Lectura "La puerta" (Dos primeros párrafos)

 


jueves, 17 de septiembre de 2020

miércoles, 26 de agosto de 2020

Próximamente

                Próximamente en la calle mi primer libro de poemas... 



 

sábado, 23 de abril de 2011

Algunas consideraciones sobre la existencia de dios...


En un libro editado en video tape, cuyo nombre es M. In B. se pretende que un can parlante enseña a los humanos la existencia de una galaxia dentro de una canica, la cual cabe en una pieza de joyería y que pende del collar de un gato llamado Orión, arguyendo que en el universo no todo depende del tamaño. Esta galaxia sería la mayor fuente de energía subatómica. La imagen se aleja, mostrando primero nuestro planeta desde el espacio, luego el sistema solar, finalmente la vía láctea y los confines del universo conocido. Hasta mostrar que la totalidad de nuestro universo también está incluido dentro de una canica que forma parte del juguete de algún niño interestelar, el cual, luego de jugar, guarda la canica que contiene a nuestro universo en una bolsa junto a otras canicas que incluyen muchos universos más.
Desde este punto de vista, por supuesto muy discutible, llegamos a la consideración de que bien puede ser el niño interestelar alguna representación de lo que llamamos Dios.
Teniendo en cuenta tal consideración podemos deducir que si bien es factible la existencia de un dios como lo describen las religiones, que nos sería tan inalcanzable como nosotros él; porque si nuestro universo está contenido en una de sus canicas, nuestro sistema solar sería apenas perceptible si se observara con demasiada atención dentro de ella. Entonces, nuestro planeta tierra no sería más que un pequeño punto dentro de la canica y cada ser humano sería directamente imperceptible para dios, es decir, aunque suene violento, que Dios tal vez ni siquiera sepa de nuestra existencia, y que al ser el tan grande, nosotros tampoco lleguemos a verlo nunca, aunque de una forma u otra, seamos víctimas de los vaivenes de sus juegos. Ya se sabe que para jugar a las canicas hay que lanzarlas por el aire y golpearlas entre sí, obviamente estos avatares repercutirían en terremotos y cataclismos de toda índole. Y lo que es peor aún corremos el riesgo de cambiar de Dios: por otro terrible, o quizá más piadoso según el nuestro gane o pierda la partida.

domingo, 22 de agosto de 2010

El Balde

Era uno de esos días en que nada sale como lo pensado, comenzó antes del amanecer con una terrible pesadilla que hizo que me despertase con miedo.
 El sueño no era nada descomunal, ni  si quiera de la magnitud, ni el calibre del que suelen ser mis sueños de fin de año. Era más bien ordinario: soñaba que estaba despierto, parece absurdo, pero en mis delirios "esquizoides" suelo confundir la realidad tangible con las vivencias oníricas y sólo descubro estar soñando (por más descabellados que sean estos sueños) cuando el trino intermitente del reloj despertador castiga mis tímpanos y logra despertarme. Creía estar despierto y en mi casa, recostado en mi cama, boca arriba y presto a levantarme. Miraba por la puerta entreabierta los damascos y el sauce que había en el parque de aquella casita de la calle Moreno.
A través de la arcada que separaba y a la vez hacía de paso hacia la cocina-comedor de la vivienda veía el televisor blanco y negro que me habían prestado. Llamó mucho mi atención el hecho de que el mismo estaba sobre la mesada y a pesar de no estar enchufado proyectaba la imagen de un video de cacería, en el cual el cazador parecía estar enseñando el uso de un arma larga; pero en el patio de entrada de mi propia casa.
De pronto, este hombre gira y me apunta con su fusil y la situación me resulta tan absurda que me incorporo y camino hacia la ventana de la cocina para ver si efectivamente la imagen del televisor se condecía con la realidad. Grande es mi sorpresa al descubrir que sí, la imagen se repite en la puerta de mi casa. Allí hay un hombre ridículamente vestido de cazador que está apuntando al interior de la vivienda, por la ventana, en dirección hacia mí. El televisor, que como ya he dicho se encontraba sobre la mesada está transmitiendo la misma imagen que veo a través de la ventana, el aparato se halla enfrentado a la misma y refleja la imagen que se ve  y percibo, entonces, la misma imagen tres veces. En la ventana hay un hombre que me apunta con un rifle y que ninguno de mis vecinos parece notar, solo yo. Mi perro no lo ataca, no lo ve, ni siquiera está en el patio. El televisor proyecta (o transmite) la misma situación y de paisaje de fondo está la familiar imagen que veo todos los días desde mi ventana. Y  por último veo el reflejo, en el tubo del tevé de lo mismo que veo en la ventana. Es como si tres personas me estuviesen apuntando con sus rifles ¡y todo sucede en mi propia casa! 
El miedo me lleva a refugiarme en la habitación (no sé por que cuando nos asustamos los hombres huimos hacia las habitaciones y las mujeres al baño) y acostarme; pero compruebo que el cazador me apunta a través del televisor. Esta situación me pone paranoico  y comienzo a temblar. El temblor hace que me sacuda y el movimiento despierta a Anabel. Le comento lo que estaba sucediendo, a lo que ella me responde que apague el televisor. Me levanté con total pasividad e intentando no mirar a la ventana, pues me aterraba la idea de que me estuviesen apuntando con un arma, me dirigí los escasos dos o tres pasos que separan la habitación de la esquina de la mesada. Extendí mi mano hacia la perilla, la cual giré y apagué el televisor. La imagen desapareció, e instantáneamente también desapareció el reflejo,  me volví  en dirección a la ventana y el cazador también había desaparecido.
Retorné  a la habitación y me recosté, otra vez, a contemplar aquella imagen de árboles y frutas, hacía calor. Decidí levantarme ya que el sueño me había dejado una magra sensación de inquietud. Me incorporé y vestí con una camisa y unas bombachas claras. Me acerqué a la puerta que daba al fondo y la abrí del todo, con la intención de apoyar mi pie en el banco que había dejado flanqueando el paso para evitar que los perros ingresaran de noche a la habitación, y apoyado así poder ajustarme las zapatillas. Grande fue mi sorpresa al ver que mi perro (un pastor belga tervueren) se había desdoblado en dos idénticos animales: uno completamente idiota y el otro terriblemente agresivo. No noté la diferencia de carácter de ambos perros hasta que efectivamente quise atarme la zapatilla, momento en el cual la parte agresiva del “Carpo” (así se llama mi perro) me atacó violentamente mordiendo mi calzado y mis manos. Retrocedí entonces y le grité. El otro Carpo respondió acercándose moviendo la cola, el auténtico perro parecía no notar la existencia del otro. Retrocedí unos pasos y cerré la puerta asustado, la ironía de la escena me perturbaba, era la segunda vez que el perro no me respondía. Nada hizo ante la invasión del cazador y nada hacía ahora ante la aparición de este otro can, menos aún ante su ataque. La sensación que me invadía era la de vulnerabilidad y desconcierto. Los sucesos eran más que ilógicos y se me escapaban de las manos. Esto me trastornaba sobremanera.
Me acosté nuevamente y me tapé puesto que sentía frío. No me sentía nada bien. En un instante no toleré más y desperté a Anabel diciéndole que por favor se levantara a preparar unos mates. En ese preciso momento ella se encontraba sacudiendo tiernamente mi hombro y preguntándome qué le estaba diciendo pues había estado hablando dormido. Sentí algo de alivio, repetí las mismas palabras que creí haber dicho cuando en realidad dormía: - Gorda por favor, ¡hacéte unos mates!-. Me preguntó qué me pasaba, dijo notar un timbre extraño en mi voz a lo que me limité a decirle que sentía miedo. Este comentario le causó mucha gracia.
Anabel también había tenido malos sueños. Nos levantamos, desayunamos y al salir a la calle encuentro tirados en el piso, en la exacta entrada de mi casa, el hígado y un corazón de chivo u otro animal de granja. Me pregunté por qué ninguno de los muchos perros del barrio habían hecho cena de esas entrañas; por qué no estaban con signos de haber sido arrastrados ni mordisqueados y por qué el corazón tenía dos puñaladas en forma de cruz. Maldije la coincidencia de pesadillas con el tal vez macabro hallazgo. Crucé la calle e increpé al encargado del depósito, con más enfado que intriga, preguntándole si él había arrojado vísceras a los perros, a lo que me respondió que ellos no trabajaban achuras.
Algunas vecinas miraban la escena tras los cortinados de sus casas. Me dirigí a la comisaría a plantar una exposición, pues supuse que habían querido envenenarme el perro. Habrían pasado unos diez minutos cuando el patrullero llegó a mi casa. Bajaron del mismo dos agentes y un oficial. Al ver los desperdicios, el mayor de los agentes me comentó que dudaba del posible atentado contra mi perro – no está mordido- dijo – esto es para vos- concluyó. Ninguno quiso tocarlo a pesar de estar provistos de guantes. Pidieron una pala a un vecino y una caja en el depósito con lo cual cargaron las vísceras en el auto y las llevaron para supuestamente analizarlas.
 Desencajado y desolado por el sueño que había padecido proseguí el día mal, todo en la casa me parecía anormal, si bien sabía que eran las nueve de la mañana y la cocina se hallaba bien iluminada, tenía la sensación de que la luz solar ingresaba a la vivienda de la manera en que lo hace durante el crepúsculo vespertino.
Serían cerca de las diez y media cuando me fui a ver la casa que habíamos comprado recientemente. (Nunca compré una casa.) Entré y vi en el piso tiradas las pertenencias del antiguo morador y algunas cajas con cosas mías.  Descubrí que la nueva vivienda era una versión mejorada de la que alquilaba actualmente ya que su disposición era similar pero con una terminación de mayor categoría. Noté asimismo que la similitud difería de exactitud pues esta construcción parecía estar en espejo con la anterior.
Debo reconocer que me causó fastidio encontrar allí pertenencias del antiguo morador, creo yo que cuando uno entrega una propiedad por lo menos debe tener la delicadeza de hacerlo en condiciones mínimas de higiene y alineación. Parece que no todos tenemos las mismas buenas costumbres, pensé. Me desconcertó oír el ruido de un lavarropas de tambor ¿acaso permanecían allí? ¿Me habría confundido de casa? Caminé por el corredor en dirección al baño porque la construcción carecía de lavadero. Sentí asco al ver harapos y ropa interior tirados en el suelo. La cortina de la ducha daba un aspecto de mal gusto al recargar de marrón oscuro el conjunto de sanitarios y azulejos. La corrí para así desconectar el lavarropas y llamó mi atención un balde naranja que por lógica pensé estaría cargado de ropa; pero que sin embargo, estaba hasta la manija de tierra, tierra seca, en parte en polvo y en parte aterronada en diminutas partículas.
Me acuclillé para observarlo puesto que me intrigaba la presencia de aquel balde y su propósito. Repentinamente la tierra comenzó a arremolinarse como si fuese agua, hecho que llamó más mi atención e hizo que me acercara más aún para ver ¿para ver qué? De pronto cuando me hallaba absorto en el remolino de tierra, del centro del mismo emergió de un salto un lagarto gris y amarillo, que se incorporó en la forma que lo hace una cobra y mirándome fijo me mostró su lengua y me escupió veneno. En ese instante desperté nuevamente sentado en mi cama, veía la puerta del fondo entreabierta, a mi lado mi hija y mi mujer que acababan de despertar a consecuencia del grito por mí proferido: -¡Tuve una pesadilla! - comenté.

martes, 27 de julio de 2010

Jugar con fuego (el cuento/historia del diablo)

“nunca pensé encontrarme con el diablo, tan vivo y sano como vos y yo”
 David Lebón.   

-¡No juegues con fuego que te vas a quemar! Es una expresión muy común; Pero todos, alguna vez hemos sido chicos, y sabemos qué lindo es. El relato que sigue es un claro ejemplo de lo que puede suceder cuando a uno le gusta “jugar con fuego”.
Sabido es, entre los que me conocen, que me es incómodo sobremanera permanecer solo en mi casa de Buenos Aires, si bien entre esas cuatro paredes me crié, siempre sucedieron (o tuve la sensación) cosas un tanto extrañas. Alguna vez un vecino comentó a mi madre la realización de no sé qué culto afro americano por parte de un antiguo morador de la vivienda, particularmente yo siempre fui un tanto escéptico a creer lo que fuera; pero igual sentía, y todavía lo siento, miedo de permanecer y peor aún de pernoctar solo en la vieja casita de la calle 1° de agosto. Por esa causa es que aquel febrero del ‘90 no iba a quedarme solo y de brazos cruzados.
Había vuelto de Mar de Ajó, donde habíamos ido con mi madre y mis hermanas a pasar unos días en la casa de verano de una de las vecinas. Aprovechando que me traían en camioneta, regresé solo, mi madre confiaba en la responsabilidad de mis recientes 17 años y yo, ya me sentía todo un hombre. Llegué entonces a mi casa e inmediatamente fui en busca de mis amigos Quiquino y Narí, puesto que los demás adolecían de responsabilidades de las cuales nosotros todavía escapábamos. Comimos algo preparado por nosotros mismos, no muy elaborado por cierto, y fuimos hasta el video club. Recorrimos, como era costumbre todas las góndolas, y escogimos los estrenos de rigor. Uno de los muchachos, nos había recomendado ver “Cementerio de animales”, atento a tal recomendación, la llevamos. No me llamó la atención la pregunta del empleado que me inquiría acerca de la seguridad de llevarla, sabiendo que estaba solo en casa. 
Al momento de proyectar la misma, la ingesta de lúpulo fermentado era tal que nos limitamos a mofarnos de los conceptos del argumento, y a recordar, también en “solfa”, las distintas anécdotas relacionadas con el tema de aparecidos, engendros, diablos y otros maleficios. Recuerdo en especial cómo nos reímos recodando cuando Cabeza (otro amigo de entonces) nos contaba las historias de su abuelo a quien se le había aparecido el zupay. En un momento, común a muchas borracheras, nos quedamos filosofando sobre la existencia o no del verdadero mandinga, las promesas y recompensas otorgadas a cambio del alma de los seres humanos. Narí, hijo de padre y madre italianos, muy creyentes, dijo que no era tema para tomar a la  “joda”. Quiquino, más escéptico que yo, dijo tener que ver para creer. Y por ser el dueño de casa, no me iba a “achicar” y hasta fui capaz de largar alguna blasfemia, de esas que mejor, por el bien de mi alma, no recordar.
Hasta ese día nunca a nadie había confesado mi temor por lo desconocido, pero sí por estar solo en esa casa. La última de las películas terminó sin que lo notáramos, ya adormecidos por la hora o por el alcohol. Narí recordó un compromiso asumido para la mañana siguiente, y con Quiquino, decidimos acompañarlo las escasas cinco o seis cuadras que separaban nuestras casas. Caminamos por la calle 1° de agosto, hacia la ruta Nac. N°8, al pasar frente al 4242, nostálgico, Quiquino recordó cuando su familia alquilaba allí. Cruzamos la mencionada ruta, y recorrimos, entre risas, la desolada cuadra de la calle La Paz, entre la Fábrica abandonada y la vinería, doblamos la única esquina y antes de la siguiente, llegamos a lo de Narí. La despedida fue entre palmetazos y comentarios adolescentes. Faltando uno del trío nos dispusimos a volver, un poco más tranquilos y en silencio. Giramos sobre los tacos de nuestras botas y encaramos el mismo camino en sentido inverso.
La bruma que flotaba en el ambiente no nos llamó la atención, en Bs. As. Es muy común que haya neblina, en invierno, años después caí en la cuenta de que el episodio que voy a relatar ocurrió en verano, y lo que voy a relatarles, por mis hijos que es real, fue tal que nos pasó la borrachera de golpe.
Dimos vuelta la esquina, Febrero se las traía terrible y el sudor nos empapaba a pesar de ser de noche. La ruta parecía estar más lejos ya que una densa neblina la ocultaba casi en su totalidad. Al llegar a la mitad de la cuadra, algo, nos heló el sudor, e instintivamente, nos miramos. Se percibía un olor nauseabundo, similar al del azufre, que no puedo precisar desde dónde llegaba. Antes de la esquina, la oscuridad y la bruma toman forma humana, nos dio la sensación de que la figura se recortaba de la oscuridad. La desconfianza nos llevó a ambos a fijar la vista en el individuo que se acercaba hacia nosotros caminando por la vereda. (Cabe destacar que cuando adolescentes, sobre todo de noche, caminábamos por el medio de la calle)  Era un hombre de aproximadamente sesenta años. Vestía traje negro, zapatos de salón, camisa blanca, pañuelo al cuello a la manera de los porteños de antes, y sombrero de ala. Llamó mucho mi atención el notar que traía un poncho (o una chalina) cubriendo uno de sus hombros. No se sorprendió de vernos, más bien parecía saber quienes éramos, su mirada penetrante se posó en nuestros ojos, e intentó disimular una sonrisa irónica. A medida que nos íbamos acercando notamos que tenía ojos de conejo y con espanto comprobamos que en realidad eran llameantes. Ninguno atinó a nada. Él nos miraba y nosotros no podíamos sacarle la vista de encima, hasta que nos cruzamos, es decir, yo, particularmente, lo seguí con mi vista hasta que mi cabeza apoyó sobre mi hombro. En ese instante, la misma oscuridad de donde apareció, se lo tragó. Simultáneamente, el nauseabundo olor dejó de sentirse.
Tanto Quiquino como yo, estabamos ahora mirando en sentido opuesto a nuestro destino intentando divisar al individuo y haciendo conjeturas de su ubicación. No había casa donde pudiera haber entrado. De haber corrido, por los zapatos que llevaba, lo hubiésemos escuchado, además los dos vimos cómo la oscuridad lo tragaba; pero nos negábamos a aceptarlo. Sin prisa pero sin pausa cruzamos nuevamente la ruta y nos encaminamos por 1° de agosto. Al pasar, otra vez por el 4242, sentimos ambos, un penetrante olor a claveles, el cual no pudimos evitar que nos llamara la atención, todavía peor fue al dejar de pisar la parte de calle que se corresponde con la vereda de la mencionada casa. El aroma cesó repentinamente. Apuramos, un poco menos tranquilos, el ritmo de nuestro andar y un pobre gato negro que se cruzó en nuestro camino, fue el desencadenante de nuestra histeria. Recorrimos en un santiamén las dos cuadras restantes hasta llegar a mi casa. De un empellón abrimos las puertas y encendimos las luces inmediatamente.
En silencio nos acostamos en la cucheta que había en mi habitación. El único comentario que nos hicimos fue que nadie nos iba a creer.

lunes, 5 de julio de 2010

El Ser

El ser se instaló en el vientre de una joven madre, la lógica del castigo divino implica la anulación total de su memoria, el día en que su nueva vida sea dada en luz; pero el ser se resiste, una vez más, a que el inmenso bagaje intelectual de su vida recientemente cercenada quede otra vez en el vacío nihilista de la nada.
En su transición de la vida a la muerte y de la muerte al parto, discutió acaloradamente con Los Dioses, acusándoles de ser infinita y divinamente injustos. Los necios pero todopoderosos Dioses le transfirieron la responsabilidad de la injusticia por reclamar el favoritismo de la inmortalidad de la memoria del conocimiento, a lo que el ser argumentó tener derecho por no ser un Dios, sino tan solo un mortal, al fin de cuentas, es virtud de los mortales la iniquidad.
Luego de horas de debates, Los Dioses y el ser, llegaron a un acuerdo. No habría una obliteración total de la memoria en el nacimiento de el ser; Pero la recuperaría sólo en parte, en la medida de que su cerebro mortal se fuera desarrollando, acorde a la maduración intelectual del ser humano.
Ajeno al pronunciamiento de el ser, el humano mortal, atado a la realidad tangible del mundo en que vive, sueña con un hijo. Su mujer se halla encinta y el hombre, en la absurda ilusión de trascender (no tan absurda) desea que llegue un varón. Un varón que lleve con orgullo el apellido. De este modo, la parte de la humanidad, que en su rama representa el apellido, no se extinguirá. Y la familia se irá perpetuando.
El ser, inútilmente intenta comunicarse con su padre, inútilmente porque éste cree que la voz que le perturba el sueño es su propio deseo de perpetuidad trasladado al plano onírico. Discuten el hombre, la mujer y la Estrella Lejana, el nombre que darán al nuevo ser, sin saber que el ser ya tiene nombre.
La joven familia visita al médico que informará el avance del embarazo. ¿Qué será esta vez? Se preguntan los padres. La visita al médico despejaría las dudas acerca del sexo del hijo próximo a llegar. Una vez despejadas esas dudas verían cuál sería el nombre pues hasta el momento la especulación se basaba en supuestos y la mayoría de los nombres sobre los que se discutía eran de mujer, ya que las señoras mayores amigas de la familia hipotetizaban el sexo que traería el ser, basándose en su experiencia y en las formas que adoptaba el vientre de la joven madre.
El médico untó un gel frío sobre el vientre que albergaba la vida y comenzó a deslizar una especie de lápiz conectado a una consola y a un monitor. En este último apareció la imagen de el ser y nítidamente se vislumbraba el sexo. El sueño se había cumplido. Era un varón.
La emoción embargó la garganta, los cinco sentidos y el corazón del hombre, el cual no emitió palabra durante los breves minutos en que su mujer se vestía y ambos salían a la calle. Una vez allí, con la voz entrecortada y lágrimas en los ojos, balbuceó: Tigre que habla, como quien repite algo que se le susurra. Efectivamente luego de infructuosos intentos de comunicación el ser había logrado que su padre, ese hombre que había detonado la explosión de su nueva vida, lo escuchara.
Ese sería su nombre: Tigre que habla.
Desde muy pequeño llamaba la atención la manera en que el ser miraba al mundo, a pesar de ser un bebé su mirada parecía encerrar una experiencia de años, tenía en su mirada un aire altanero, casi sobrador. Le fastidiaba mucho que le estuvieran demasiado encima, se enojaba cuando no le salía algo que intentaba aprender. Sus reacciones, gestos, cuestionamientos, no eran los esperados para un niño de su edad. Le preocupaba sobremanera la idea de no haber existido antes de su gestación y consecuente nacimiento. Decía haber sido grande cuando sus padres eran niños, comentaba cual había sido su trabajo y daba detalles inexplicables para un niño de tan corta edad.
A los tres años de edad despertó una mañana muy compungido pues había muerto San Martín. Su comentario causó mucha gracia en la familia por el hecho de que ese personaje histórico había muerto, sí, pero hacía más de ciento treinta años. Obviamente el niño se molestó por la burla, al interrogarlo sobre el momento en que había sucedido el deceso este respondió que ayer.
El tiempo pasó y el niño pareció olvidar el episodio, sin embargo, cada vez que se nombraba a San Martín, ya fuera por una dirección, una calle, como prócer o lo que fuera, con voz firme y tono severo decía: - San Martín está muerto.
Cuando el niño tenía ya cuatro años, una tarde iba caminando con su madre por la plaza. De pronto éste saludó a alguien que pasó y preguntó a su madre si había visto quien era. Ante la respuesta negativa le aclaró que era Julio. (un amigo de la familia)
La joven madre infructuosamente intentó explicarle que Julio había fallecido y que no insista en decir que lo había visto porque podía no caerle bien a la familia del difunto. El niño siguió insistiendo en el hecho de que había visto a esa persona y para que su madre le entienda le explicó que Julio no se había muerto sino que se había dormido, como él se había dormido cuando era grande y ellos niños; que después los doctores lo habían curado y había vuelto a nacer pero chiquito de vuelta. De la misma manera le habría sucedido a Julio. Los médicos lo habían ayudado a despertarse.
Con una voz profunda y una pronunciación de persona adulta prosiguió explicando que alguna gente se muere y se muere, como San Martín, y otros muertos se duermen y después los médicos los curan y nacen siendo bebés.
Poco a poco el ser fue recuperando “la memoria”. Los dioses podrán ser necios e injustos; pero nunca traidores.